22 jul 2008
El cuento de la Ballena



Apenas recuerdo la historia de una ballena que encerraba en su panza a una joven maldita sin recordar motivo alguno, atada desde la boca del gran gigante por una cadena de plata a uno de sus tobillos y a la que dejaba salir a la playa durante un sólo día cada muchos años, no recuerdo cuantos... un cuento infantil del que nunca recordé final alguno y que hice mío, para terminarlo a mi manera.


Aquella ballena se volvió mía y con su brillante cadena me ha permitido salir a la playa muy de vez en cuando, salpicarme de diferentes mares y océanos, hollar otras arenas que reconfortarían mi alma húmeda sin dejar de ser presa de mi carcelera, que no ha sido otra cosa más que mi propia ensoñación de mi prisión y mi cielo, de mi descanso y mi enfermedad. Diferentes y reconfortantes arenas cálidas y cercanas, arenas frías y hermosas, las de cal, las de la retórica, las del fuego. Diferentes calas de pasión y derrota, de humillación y victoria, de manos diestras y corazón siniestro...


Pero nunca pude quedarme, mi ballena me protegía al tiempo que me arrastraba de nuevo, al final del día, a la profundidad de mi lecho acuático... El vínculo entre mi ballena y yo era tan fuerte como aquella cadena de fina plata. Ella siempre ha llorado por mi, yo siempre he llorado por la suerte de ambas...


No sabría contaros el final del cuento. Aquella joven que descansaba en la playa y se peinaba los cabellos con un cepillo de la misma plata que la unía a una blanca ballena que la miraba con cariño desde la orilla... no podría contaros el final de ese cuento trágico y hermoso que recuerdo haber leído cuando no contaba más dedos que los de una sola mano.


Pero se me ocurre que puedo contaros otro final, uno que se me ocurrió el día que olvidé el verdadero final de aquel cuento...


Puedo contaros cómo la joven de la playa se apiadó del amor con que la ballena la cuidaba pese a ser su carcelera y al reflejarse en el vidrioso ojo gigante de la ballena, ésta dejó caer una lágrima, una sola lágrima igual de salada que su familiar morada que llena de anhelo, comunión y paz, hizo que la cadena se volviera transparente y que el gran mamífero comenzara a cambiar...


Aquella ballena cambió ante los ojos de la muchacha que aun sostenía su cadena, casi imperceptible, entre sus manos... aquella ballena cambió de forma y se volvió hombre. Un hombre que sabía de la historia de aquella joven, que había cuidado en su interior, que la había protegido del frío y el calor, del llanto y la pena, de las playas yermas y las calas derrotadas... Un hombre que portaba el otro extremo de aquella cadena de plata, ya invisible.


Este cuento hace mucho mucho tiempo que se alojó entre mi imaginación y mi memoria, que nunca conté, que nunca esperé, que me acompaña ahora, atado a esta cadena de plata invisible que solo yo y quien fuera mi ballena podemos ver.

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29 may 2008
Contrato

Lo habían dejado todo por escrito: iban a convertirse en amantes.

Estos trámites son rutinarios y siempre funcionan así. Dos contrayentes forman un convenio de colaboración atado a unas cláusula flexibles, sujetas a modificaciones si fueran estas necesarias.

Así y de ese modo, Carlos y Elena llevaban impreso su contrato a la espera de conocer, por fin, al que se convertiría en su amante en aquel nublado domingo de marzo.

Existía el miedo, por supuesto, al rechazo una vez se tuvieran frente a frente. Esa eventualidad estaba reflejada en su contrato y se agarraban a la cláusula de la retirada inmediata como si de un salvavidas se tratara.
Curiosamente, ambos sabían que eso no iba a pasarles: si habían sido capaces de tener la suficiente fe para caminar los cuatrocientos kilómetros que distaban sus respectivos hogares del lugar de reunión, casi era un absoluto acto de traición personal y de cobardía el echarse atrás solo porque la otra persona no fuera, en el momento del encuentro, lo que cualquiera de los dos había esperado.

Elena se encargó de elaborar el borrador inicial y Carlos lo fue validando conforme se explicaba cada uno de los artículos: ambos se convertirían en amantes desde el mismo momento en que su firma estampara el contrato del otro y ésta debía llevarse a cabo durante la primera media hora desde su primer contacto. Una vez convertidos en amantes, se comportarían como tal: para cualquiera de sus futuros interlocutores, ambos serían una pareja tan corriente como todas. El contrato incluía anotaciones como libertad de expresión, confianza y petición, tanto en el aspecto social como sexual. Todo lo que la palabra amante implica. Las limitaciones de este contrato venían después.

Pocas eran, ciertamente, las condiciones del escrito: no podían enamorarse. Nada más. Esta única condición conllevaba la nulidad de las cuestiones negativas que implica la dependencia emocional hacia otra persona. Asuntos como los convencionalismos, el protocolo de actuación o el parte informativo exigido a diario eran cuestiones que se salvaban y quedaban fuera de este contrato.
Por el contrario, esta única estipulación derivaba en cuestiones morales y éticas que se salvaron con un bien conseguido “esta relación se mantendrá hasta que alguno de los contrayentes alegue incompatibilidad para cumplir el contrato pudiendo ponerle término sin molestia, explicación ni cargo alguno”.


Eran libres para terminar con su tratado si se daba cualquiera de estos tres casos:

1. Incapacidad del contrayente para mantener su corazón al margen de la relación corriendo el riesgo de enamorarse del otro contrayente.

2. Incapacidad del contrayente para cumplir el presente contrato en caso de enamorarse de un tercero.

3. Libre deseo no justificado de llevar a término el presente contrato.


Era sencillo. Era fácil. Y así, una vez que Elena le sacó la lengua a Carlos en cuanto lo reconoció, no dejaron pasar mucho tiempo más. Tras un breve saludo y firma de rigor, Carlos y Elena se convirtieron, para los transeúntes de aquella estación de tren, en una pareja más de las muchas que allí paseaban. Otra cosa fue lo que vendría después y que a ninguno de los dos se le ocurrió incluir en el contrato.

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28 may 2008
Tres Pétalos
La abuela guarda tres pétalos de rosa entre sus cajones. Azul, rosa y amarillo, los tres pétalos son de tela. Dice que huelen bien y los coloca entre la ropa de su difundo marido.
A doscientos kilometros del cajón, un streeper que se hace llamar Atila se arranca el slip entre un millón de pequeñas sombras multicolor.

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22 may 2008
Amor Felino [tributo]
Comenzó como una demostración de afecto: ese día, al llegar a casa, encontré una lagartija –muerta– sobre el sofá. Mis sospechas de que había sido Azul, mi gata, quien la había llevado hasta allí se confirmaron cuando la descubrí mirándome de esa manera, ya saben, en que miran los gatos cuando esperan la aprobación de su hazaña –de la que se sienten orgullosos– por parte de su amo.

Amor felino. En fin, reprobé a Azul su acto –aun cuando me había conmovido–, recogí el cadáver y lo tiré, sin plegarias de por medio, a la basura.

A la tarde siguiente encontré otro regalito. Un ratoncillo gris, de aquellos que se suelen ver en el metro, yacía en mi salón. Supe que Azul no pretendía sino agradarme, expresar el afecto que me guardaba. A su manera, claro.

Ese día le cayó una buena bronca. Puede que me excediera, al fin y al cabo solo quería quererme. El caso es que se fue. Sin decir nada.

Pasaron unos días, la eché de menos, pegué carteles por el barrio. Me di al alcohol.

Estaba bien borracho cuando encontré el siguiente regalo. Supuse que Azul había regresado.

–Me llamo Patricia –dijo el regalo, que no era sino una joven señorita de negros cabellos y cuello de muérdeme.

–Choan. Encantado.

Joder, estaba más que sorprendido, pónganse en mi lugar, pero la alegría de pensar que mi gatita había vuelto al hogar y la trompa que llevaba me hacían un poco indiferente a la extraña –y preciosa– naturaleza del presente.

–¿Dónde está Azul? –pregunté, sentándome junto a mi regalo.

–No andará lejos –sonrió enamorando a las paredes, al espejo, a la estantería, a mí mismo.

–¿Qué haces aquí?

–Azul me ha pedido que viniera.

–¿Te lo ha pedido? Pensé que te habría traído agarrada por el cuello.

Borracho sinvergüenza, me acerqué a Patricia por detrás.

– Así. –Le dí un mordisquito bajo la oreja derecha. Rió, apoyo una mano sobre mi rodilla y dijo:

–Más despacio, machote, vas demasiado borracho. ¿Por qué no te duchas mientras preparo la cena?

–Sí, ducharme me vendría bien, cof, cof –a fuerza de toser, me vinieron arcadas. Vomité en la cocina. En el suelo de la cocina. Tal como acabé de vaciar el estómago, procedí a desmayarme sobre mis vómitos.

Me desperté tarde, limpio, en la cama, acompañado. Patricia estaba acostada a mi lado, mirándome.

–Buenos días –me besó, dulce, en la boca.

Mi cerebro, menos embotado que a la noche, comenzó a funcionar.

–Hola. ¿Patricia? Esto... no sé por qué estás aquí. No sé quién eres. Ni qué quieres.

–Te quiero a ti. –Se levantó y salió del cuarto.

Me levanté, casi de inmediato, y fui tras ella. No la encontré en casa. No le había oído salir, ¿dónde coño estaba?

Un maullido detrás de mí. Azul había regresado.

–Hola preciosa. Te he echado en falta –dije, acariciándola.

Me guiñó, lo juro, un ojo.

–Yo también te quiero, no tienes por qué traerme más regalos.

Zalamera, frotó su lomo en la pernera de mi pijama.

No he vuelto a ver a Patricia. No la echo de menos, tengo a mi gatita.



Amor Felino
Por Choan C. Gálvez


Para Veronika.
Para Dark.
Para Ícaro.

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15 may 2008
Dias raros (II)
Mi gato tiene resaca. Yo también.
Son días raros.

Iba a escribir acerca de varios cabreos que me oscurecen el sueño pero estoy cansada de eso .

Cansada de permitir brillantes juicios e hidalgos consecuentes.Cansada de permitir desplantes y pataletas. Hace más de un año que empecé este blog con más actividad neuronal y menos tiempo libre que en estos tiempos.

Hace un par de días que me llegó del recuerdo mi Cámera-man, hoy director de fotografía de una productora. Recuerdo a mi hackerboy, cuyos garabatos en un papel doblado aun hoy me levantan la cara del fango. Los hecho de menos en esta vida.


Iba a argumentar mi defensa -ni siquiera mi derecho- para utilizar esté nanoplano de la realidad como diario personal. Iba a llenarlo de adjetivos y expresiones manidas. Siempre ha habido alguien mejor que yo. Siempre he preferido apartarme, silenciosa y secundona: amateur de la vida.


Mi gato tiene resaca. Lo han sedado y la resaca lo tiene hecho unos zorros. ¿Y porqué lo digo, como si fuera esto un diario y yo una postadolescente aficionada a la llantina? Porque ese detalle me importa más que mis neuronas, más que los jueces, más que los adjetivos.

Revisando viejos posts me tropiezo con el concierto de Marilin Manson, con la historia de aquella vieja gallega, con Peter Pan y Silvio, con Fito y Verónika. Son días raros.




EL SASTRE: Pero señor, mire el mundo y mire su pantalón.

Para empezar,hablemos de otra cosa, hablemos de dudas antiguas, caídas en el olvido, o reabsorbidas por elecciones que no se ocupan de ellas, por lo que se ha convenido en llamar obras maestras, malas esculturas y obras de mérito. Dudas de aficionado, claro está, de aficionado muy sabio, tal y como sueñan los pintores, que llega agitando los brazos y se marcha agitando los brazos, con la cabeza aturdida por lo que ha creído entrever. Qué tontería las preocupaciones del ejecutante, al lado de las angustias del aficionado, que nuestra iconografía de tres al cuarto ha cebado de fechas, de períodos, de escuelas, de influencias, y que sabe distinguir, hasta tal punto es sabio, entre un gouache y una acuarela, y que de vez en cuando cree adivinar lo que ama, manteniendo el espíritu abierto. Pues el pobre se imagina que nada de lo que es pintura debe serle extraño.

(...)Al ser humano se le ha hecho lo imposible para que elija. Para que tome partido, para que acepte a priori, para que rechace a priori, para que deje de mirar, para que deje de existir, delante de una cosa que simplemente habría podido amar, o encontrar fea, sin saber por qué. "

Manchas en el silencio, Samuel Beckett




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29 abr 2008
Breve Relat(i)o
* Stairway Clock, DX Disaster

Lo conocí un día cualquiera, sin avisar..

Al principio no me gusta. Me cuido de los agradables desconocidos. Pronto cedo a una atracción que, si bien sé que dolerá, también sé que él es de los que dejan huella tras su paso.
Lo llamaré Nathan porque debe ser hermano del Petrelli que conoció mi amiga Bete

Pronto -¿demasiado?- quiere saber mi nombre. Y tras ello, si estoy comprometida. A esto le sigue un repaso tan halagador como voraz a los últimos años de mi vida. No necesito ser correspondida, tiempo habrá para el enigma que él me supone, pienso. Nada más lejos: sin oponer resistencia me descubro compartiendo fluídos. A poco y no puedo ni recapacitar. Una constante: parece que siempre doy más que recibo pero eso no importa en este momento. Confirmo el rubor, curiosidad, escalofríos, una punzada de inquietud, una curiosa paz y, vaya, parece que no puedo dejar de mirarlo a los ojos, a sus manos, a su buen y sabio hacer. Parece que ha nacido para esto. Parezco una colegiala. Parezco. No sé lo que parezco. No me reconozco..

Bromea conmigo, adivina mi figura de frente, recorre mi espalda, mi vientre. Me toma en brazos, me pide que me quite la ropa. ¿Qué puedo hacer yo? Acabo de sonrojarme. Años hacía que nadie conseguía sonrojarme por esto. Acabo por concederme. El tiempo se detiene. Luego prosigue. Nathan sonríe. Otra constante: "ya he terminado". Empiezo a tomar conciencia. Me pide el teléfono: "ya te llamaré".
Sé que no lo hará. Sólo sabré de él dentro de unos días, unos meses quizá..

Todo eso en poco más de dos horas.

Nunca me gustaron las revisiones médicas de empresa pero, a fe mía que este doctor me ha brindado la más breve y pasional historia de amor que yo recuerde.

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27 abr 2008
3+2 no son 6
(...)
Yo no decía nada. Hermosos sentimientos y sombrías ideas daban vueltas en mi cabeza, mientras oía su voz, su maravillosa voz. Fui cayendo en una especie de encantamiento. La caída del sol iba encendiendo una fundición gigantesca entre las nubes del poniente. Sentí que ese momento mágico no se volvería a repetir nunca. -Nunca más, nunca más- pensé, mientras empecé a experimentar el vértigo del acantilado y a pensar qué fácil sería arrastrarla al abismo, conmigo. "

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25 abr 2008
La ocasión
Llevaba un rato mirando sin ver nada.
La espalda rígida, la respiración acelerada. Estaba ansiosa.
Sentada frente al televisor se le iban los ojos hacia el reloj de la chimenea, con sus hojas de metal y su color verde carruaje. Estaba ansiosa.

Estaba ansiosa porque apenas faltaban ya un par de horas para el momento que ella llamaba para sí “la ocasión”. No resulta solemne, pensó más adelante, cuando quiso dotar de perspectiva heroica al momento, a su “ocasión”.
Esa tarde se cumplía exactamente el plazo que comenzó cinco meses atrás, cuando decidió que iba a quitarse la vida.

El plan, porque había trazado todo un elaborado plan, comenzaría por no precipitarse. Nada de exageraciones ni improvisaciones de última hora.
A ella le gustaba, aunque jamás lo aparentó, controlar cada uno de los aspectos de su vida, hasta la variable más remota. No es que le gustara porque disfrutara con ello, sino que era algo casi obsesivo. Era pura necesidad de control.

Al principio debía trazar unos objetivos, por supuesto.
Aunque el fin último fuera poner punto a su existencia voluntariamente, debía tener claro los motivos de tal decisión y, sobre todo, ser capaz de comprenderlos para hacérselos entender con sus actos a los demás. No le gustaba hablar demasiado, por cierto. Aún así, sacar en una conversación sobre el tiempo o los exámenes los mejores métodos para el suicidio no es que fuera precisamente habitual.

Antes de esos cinco meses llevaba otros tantos sin saber muy bien el porqué de la angustia cada mañana sólo con el hecho de sacar los pies de la cama y no veía la hora de volverlos a subir. Apenas hablaba con nadie, solo lo necesario y no siempre lo justo: no eran pocos los que se daban cuenta de su pesar e intentaban acercársele. Cada uno de estos bienaventurados santurrones se daba pronto por vencido tras la tercera o cuarta réplica por su parte.
No hablaba con nadie porque no tenía nada que decirle a nadie.
Sencillamente se trataba de eso. Había sido objetiva: la vida era un regalo para andar viviendola como lo estaba haciendo ella. No es que no lo mereciera, es que ya había vivido todo lo que necesitaba. Sencillamente eso.
No se trataba de él, aquel novio que antiguas amigas comentaban que la había dejado. No se trataba de nada de eso. No señor. Si algo tenía ella intacto era su orgullo.
Y si a ese orgullo le sumamos el gusto por la literatura romántica del desgraciado Goethe además de cierto respeto por las buenas maneras y la educación y un gusto por la estética muy cultivado bien podemos encontrar una educada y refinada suicida.
No le gustaba la palabra suicidio para “la ocasión”. Tenía cinco meses por delante para decidir una buena manera de dejar este mundo. Algo digno, hasta bonito.

Se removía en el sofá. Había esperado cinco meses y ahora no entendía porqué demonios debía respetar la hora fijada. Respiró hondo. Contó hasta diez. Mejor así. No vayamos a arruinar el trabajo de tanto tiempo.

Había repasado todas las formas de homicidio voluntario que una mente de diecisiete años puede contar en media hora: una cuerda, un tubo de escape. Ideas que le resultaban grotescas, muy poco cuidadosas. Ella no quería que cualquiera pensara que se había tratado de un acto para llamar la atención. Eso era de cobardes exhibicionistas. Debía ser algo tranquilo y poco ruidoso. Algo que a primera vista destilara humildad, serenidad y hasta cierto respeto para los primeros espectadores. Pronto pensó en un cóctel psicotrópico. Pastillas había muchas en casa. Pero no le gustaba el matiz de drogodependencia. Ella pensaba salir del mundo tan limpia como había entrado. Y casi con esa misma idea lo encontró: un pequeño cortecito, calida y secreta sangre y un dulce sueño. Cortaría su piel blanca casi enfermiza y dejaría escapar la sangre de sus venas con un bonito y tranquilo contraste. Acababa de encontrar la metodología para “la ocasión”.

Hasta que llegó a ese momento había invertido poco más de un mes. El resto del tiempo lo tendría para ubicar el escenario: uno de los viajes de sus padres al extranjero pintaba perfecto. Un juego nuevo de cuchillas limpias que ella misma compró. Hasta un camisón de tirantes en color blanco y aunque dudaba del efecto, había algo en él que dotaba el escenario en su cabeza de un cariz onírico muy propio de los cuentos de luna llena del bueno de Bécquer.
Y luego, a esperar.

Mientras tanto, tener tan claro un proyecto la había alegrado a los ojos de los demás. Alguien incluso había conseguido sacarle alguna sonrisa, algunos apuntes, alguna muestra de que empezaba a superar lo del novio aquel. Por poco y dejan de hablarle. Menos mal que ha recobrado el sentido, decían a su espalda.

Miraba ahora fijamente el dorado péndulo del dichoso reloj. Llevaba el camisón puesto, recogido el pelo en un moño que dejaba caer un par de mechones rubios sobre su espalda. Nunca fue fea. Nunca le preocupó.
Aunque nerviosa, estaba pletórica. Se sentía orgullosa de haber llegado tan lejos en algo que sabía que estaba mal y no por lo que dictaban las doctrinas morales. Había sido capaz de racionalizar el sufrimiento que sabía estaba a punto de infligir en su núcleo familiar. Les había escrito una carta con unas palabras para cada uno así como unas breves directrices de qué hacer con sus pertenencias y a quién avisar para su velatorio. Hasta el más remoto detalle.

Tan orgullosa estaba que guardó la carta y se puso de pie. Si había llegado hasta allí, tenía derecho a adelantar una hora aquel estúpido reloj.
Cerrada la casa y apagadas las luces, prendió un viejo candil y se fue hacia el baño. Todo estaba dispuesto y en su sitio. Muchas más velas prendían de intima oscuridad los bordes de la bañera. Los pies descalzos se detuvieron, cuidadosos, ante su altar. Era realmente hermoso. Un gran espejo reflejaba su silueta bellísima envuelta en la seda blanca y anaranjada que danzaba con las pequeñas llamas. Parecían un coro de almas que se habían vestido de gala para “la ocasión” y que aplaudían ante la gran diva que estaba a punto comenzar a cantar las mejores notas jamás escuchadas.

Sonrió. Se había olvidado de sacar de escena un par de manidos comics que, tan familiares resultaban, eran vistos sin reparar en ellos. No los apartó. Aquel tipo de las gafas había formado parte de su vida tanto o más que cualquier otra cosa. Ciertamente rompían la estética, pero el calor que le había proporcionado aquel instante hacía merecedor al protagonista de ser único testigo de su partida.

Dejó cuidadosamente el pequeño candil a un lado de la bañera y tan despacio como pudo, se metió en la bañera y lo hizo. Nuevamente orgullosa. Había temido que, llegado el momento, el dichoso instinto de supervivencia hiciera que el miedo deshilachara la piel de su pequeña muñeca y el resultado fuera inconcluyente a la par que desagradable. Nada más lejos. Un único corte limpio, profundo y tranquilo. Perfecto. Todo había salido tal y como había decidido. El último acto había comenzado y sería perfecto. No quiso moverse mucho para que los surcos de su sangre no se desproporcionaran con el blanco del camisón, ahora ya un poco menos blanco. Miraba, tranquila, a su alrededor. Olía al perfume de su madre. La forma más bella de irse: oliendo a su madre y envuelta en sangre, tal como llegó. Tropezó nuevamente con el morador de sus cómics y pensó en él, pensó en su fracaso y, como queriendo consolarle por ser la única persona a la que él no había podido salvar, comenzó a susurrarle una nana. Una cancioncilla que acudía siempre a su garganta desde que tenía uso de razón y que siempre había servido para calmar el dolor del alma. Ella ya no sabía de dolor pero se compadecía de un personaje de papel y le cantaba una nana para que se sintiera mejor.

Y así llegó el final. Su piel blanca, un par de suspiros, cerrados los ojos y el eco de una vieja y dulce nana que resultó perfecta para “la ocasión”.

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